La novela se desarrolla en el puerto imaginario Sulaco cuya economía depende de la minería de plata. Dibuja las características de la política interna e internacional en los países latinoamericanos de fines del siglo XIX y comienzos del siglo XX y la intervención de Estados Unidos para asegurar sus intereses económicos. Las guerras civiles de las élites criollas, las intrigas y el supuestamente "incorruptible" líder popular, determinan finalmente la secesión de Sulaco que se declara independiente de Costaguana, en aras de asegurar la mina de plata de San Tomé a los estadounidenses y a sus asociados en la élite local.

Conrad se inspiró en los sucesos reales de Colombia y la separación de Panamá apoyada por Estados Unidos en aras de asegurar el control del canal interoceánico, suceso ocurrido en 1903, un año antes de la publicación de la novela.

Aunque Conrad preparó la novela leyendo relatos de viajeros a América latina, como Seven Eventful Years in Paraguay (Londres, 1869) de George F. Masterman, Edward B. Eastwick y Venezuela or Sketches in the life of a South American Republic, with the History of the Loan of 1864, (Londres, 1868); su fuente principal parece haber sido el colombiano Santiago Pérez Triana, quien vivía en Londres, era hijo del ex presidente de su país Santiago Pérez Manosalva y había escrito el libro Cincuenta años de desgobierno. Según el propio Conrad, con el personaje de José Avellanos, evoco a Pérez.

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Nostromo, novela de Joseph Conrad publicada en 1904, es considerada por Edward Said, Malcom Deas, Juan Gabriel Vásquez y varios autores como una de las mejores creaciones ficcionales sobre Latinoamérica en lengua no castellana, en la cual se ofrece un interesante grabado sobre un país ficcional, Costaguana, ubicado en Suramérica. Allí, además de una turbulenta historia de guerras, dictaduras y corrupciones, se suma la injerencia de intereses externos para privarlo de una parte de su geografía: Sulaco, donde se encuentra la mina de plata de Santo Tomás. Adicional al carácter político de la novela, una narración que eclipsa al lector con la generación de atmósferas que dan cuenta de un país y un continente en minoría de edad donde la democracia es una apariencia formal, se ofrece la historia de un marino italiano, fuerte y osado (justamente Nostromo), cuyas aspiraciones amorosas son frustradas cuando la “Gran Historia” (ya no el relato, sino el acontecer) lo embosca haciéndolo ladrón de un cargamento de plata que le habían encargado los dueños de la Mina de Santo Tomás. El tesoro marca la ruina de Nostromo al renunciar a los placeres de una vida familiar por privilegiar la tenencia de una posesión que al final le ocasiona una muerte violenta.

JORGE LADINO GAITÁN BAYONA


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En Nostromo, la aventura política del nacimiento del estado de Sulaco, en Costaguana, permite a Conrad poner de manifiesto su habilidad para la descripción psicológica y el retrato de las emociones.

El personaje que da título a la obra, el capataz italiano Nostromo, refleja todas las dificultades y contradicciones del proceso político descrito por Conrad, en la que acaso sea la mejor novela sobre Latinoamérica escrita por un autor fuera del ámbito hispanoparlante.


"Lo mismo que con muchos de mis relatos más largos –escribe Joseph Conrad–, la primera insinuación de Nostromo me vino en la forma de una anécdota errante y desprovista por completo de detalles valiosos. De hecho, en 1875 o 1876, siendo yo muy joven, en las Antillas, o más bien en el Golfo de México, oí la historia de un hombre del que decían que había robado él solo un cargamento de plata en algún lugar del litoral de Tierra Firme durante los disturbios de una revolución.

Olvidé aquella historia, hasta que veintiséis o veintisiete años después di con el mismísimo asunto en un manoseado volumen cogido a la entrada de una librería de viejo. Era la vida de un marinero norteamericano, escrita por él mismo con la ayuda de un periodista. Había trabajado algunos meses a bordo de una goleta, cuyo patrón y dueño era el ladrón del que había oído hablar en mi más tierna juventud.

Inventar un relato pormenorizado del robo no me atraía. Fue sólo cuando se me ocurrió que el ladrón del tesoro no tenía por qué ser necesariamente un consumado sinvergüenza, que hasta podía ser un hombre de carácter, actor y posiblemente víctima de las cambiantes escenas de una revolución, fue sólo entonces cuando tuve la primera visión de un borroso país que iba a convertirse en la provincia de Sulaco, con su elevada y sombría sierra y su neblinoso campo como mudos testigos de los acontecimientos provocados por las pasiones de hombres miopes para el bien y el mal.

Al lector le corresponde decir hasta dónde merecen interés en sus actos y en los propósitos de sus corazones, revelados en las amargas condiciones de la época".